sábado 14 de noviembre de 2009

Una hora tras el velo. Miles I













La magia de la memoria tiene estas cosas: un día descubres la música de un bajista poderoso, de ésos que se escuchan al fondo, porque a ti te gusta el sonido de los bajistas que se notan. Otro te sorprendes cuando surge la evidencia de que ya lo conocías sin saberlo, de que habías frecuentado su ritmo otras veces,  mientras mirabas a otro centro de atención. Más tarde, te dejas llevar por la nostalgia de intentar recuperar -como un turista- algunos instantes que en algún momento ya pasaron, y que ahora ves tan sólo como fantasmas recortados: tu anfitrión te invita a visitar meros recuerdos.













Pero la memoria tiene estos reflujos. El día de la cita vas a ver y oír la adaptación renovada de tus recuerdos, otro cuento, interesante, aunque cuento, y te encuentras otra vez la vieja sombra encorvada escondida con suavidad entre los grandes volúmenes del escenario, el duende que da voz al devenir en la plataforma de lanzamiento de la música improvisada, la misma sombra que aparece de modo imperceptible poco más tarde en los intersticios de los solos de sus músicos, entre nota y nota, para dar dos notas suaves con un todo apagado de su trompeta suave con sordina. Tutu.















Parece increíble que el recuerdo tenga esta fidelidad, de ningún modo aburrida, y que los personajes intercalen de nuevo el trenzado de sus notas en el interior de un tema que parece uno y es múltiple, o que parece múltiple y nos regala la consciente apariencia de una unidad que se sabe temporal. Así pasa el tiempo, un tiempo lleno de memoria que conecta espacios fragmentados, un espacio continuo que teje inmensos instantes de continuidad temporal. Bastan unas notas y sobran los discursos: la memoria es el equipaje que, por arte de magia, convierte al mismo pasajero en su maleta.




















(Elementos nuevos del paisaje que tendré que escuchar con más detenimiento. Un trompetista: Christian Scott. Un saxofonista: Alex Han.)



Marcus Miller. Tutu Revisited. The music of Miles. Miércoles 11 de noviembre de 2009. Palau de la Música. Barcelona



miércoles 2 de septiembre de 2009

Alfons Freire. Phàrmakon. Los embalajes gastados



















Hace un año tuve el grato placer de conocer a Alfons Freire: pintor, filósofo, editor. En los trabajos de Freire se aprecia el trazo de su pensamiento, la huella de sus ideas. Una de las series que más me llama la atención de su trabajo son sus óleos de cajas y embalajes. Cajas y envases en apariencia vacíos y descolocados en montones, como flotando en unas superficies de solidez etérea. La primera vez que las vi me vinieron a la mente ideas e imágenes de objetos de nuestra memoria, o de nuestros trasteros, que vamos coleccionando o almacenando y van quedando olvidados, degradándose con el tiempo, tan poco usados en nuestra vida cotidiana que su contenido se diluye hasta quedar menguado o en nada, con los bordes desconchados, doblados, llenos de polvo y decoloridos. Me vi frente a colecciones de cajas huecas, vacías y desgastadas, parecidas a osarios de aparentes cementerios de imágenes u objetos.

En una conversación me indicó que la serie se llama «Phàrmakon», en plena referencia al famoso diálogo de Platón sobre la ambivalencia de la escritura comparada con la medicina, sobre sus aspectos curativos y de envenenamiento; y yendo más allá, de la ambivalencia que se deriva de todas las prótesis con que está cubierto nuestro mundo, y de cómo gracias a ellas vamos dejando sólo huellas gráficas de nuestra memoria (huellas anestésicas que luego parecen ser, o son, presa del olvido). La serie resalta la importancia de la cultura griega de la memoria, la de aquel secreto ligado a la cultura oral anterior a la escritura. No niega la potencia de la palabra escrita o hecha imagen, pero sí la estéril delegación del recuerdo en ella.

Sin duda, creo adivinar que en su trabajo late la incertidumbre ante las propuestas esteticistas de siempre, las de los artistas, pero sobre todo las de los intérpretes, y se puede apreciar su necesidad de expresarse más allá del envase en que queda condenada toda obra, más allá de sus efectos narcóticos o esteticistas, o de su etiquetado teórico, y se aprecia su esfuerzo por llegar a una práctica en la que se pueda mantener la conexión con el fondo creativo y con los sucesivos presentes que irán sucediéndose después, uno tras otro, ante la lectura de sus obras. Él rechaza toda trascendencia, pero se aprecia su intento de resistencia al desgaste.

Comenta que le resulta difícil pasar del lado teórico al lado práctico, que entre la estética y la reflexión sobre las artes, por un lado, y la parte práctica de aplicación a la tela o al papel, por otro, hay un abismo. Y no puedo estar más de acuerdo. Las ideas del artista sólo parecen pasar en algunos grados o estratos a las obras, y, del mismo modo, la parte teórica traiciona habitualmente los límites de lo expresado en la tela: da un sentido concreto de lo representado que apaga las posibilidades potenciales de lectura. Por eso mismo podemos hablar de artes arriesgados, de esos que se sitúan entre las orillas de la experiencia estética y asumen su paso por los pasillos (indescriptibles) que conectan la memoria con el presente, y el oxígeno del arte a través de ellas. Alfons Freire habla de una inevitabilidad que marca su trabajo y que le conduce, siguiendo palabras de Rànciere, no a buscar un cambio consciente en una parte concreta del territorio de lo sensible, sino a lanzar «una botella al mar, sin saber adónde va ésta a parar». Según un comentario suyo personal sobre la última obra de Barceló en la sede de la Unesco, creo que tengo su definición de la experiencia artística: «Me imagino más bien una fulguración; una idea que se abre paso en el cerebro y que marca de forma inevitable la lógica estética de la gruta», con independencia de cualquier «genealogía de grutas» que podamos hacer.

Decir esto es algo que tiene no poca importancia en un tiempo en que la mayoría de las artes se hacen las interesantes impidiendo la determinación de su parte creativa o lanzando cortinas de humo para alcanzar determinaciones calculadas, en un intento de no decir nada para querer decir mucho. Algo cuya única desagradable consecuencia es la de marear al interesado en la estética y colonizar sus descuidos.

Os invito a visitar su web:

www.alfonsfreire.com/

Espero que hayáis tenido un buen verano.