martes, 3 de abril de 2012

Pensamientos desprendidos del 29 M

Barcelona poética

Medio millón de personas convocadas
entre niños, ancianos y supuestos alborotadores

Hace unos días me cruce con el rostro que hacía tiempo no veía, 
trabajadores curtidos

En manifestación, los servicios mínimos del metro,
a deshoras, hasta un destino

Entre otras viví la cara de una aglomeración de gente
detenida por unas columnas de humo

Nunca he visto un arcoiris más gris,
ni agua tan incapaz de colorearlo.














Hay días en que las diferencias no pueden ni converger
en un itinerario convivido

Se les invita por parte del orden público
a su yuxtaposición en excentricidades o nubes de polvo

Entrar en la conversión de productos indiferenciados de supermercado
para el almacén

Menos mal que cada día hay más singulares
que no comparten esa mirada
prensa helicóptero

La panorámica alta solo cose, sobre las relaciones, esquemas geométricos
desde el aire.














Antes de caer la noche, va iluminándose con velas amenazadoras el tejido

Y de la Barcelona poética siempre se espera una nota de distinción.

Están pasando el rodillo con estrofas pesadas los nuevos administradores

Se puede esperar una sobrevivencia
en el tejido de una solidaridad que crece

También que dinamiten
su proceso de acercamiento o de prosperidad social.














Pero no se puede disparar al estómago
de la autoestima y la autonomía
de nadie

Ni esperar a que otros apaguen un fuego que no cesa
a conveniencia

Ni cargar contra una masa de medio millón de seres
que quieren llegar todavía a su destino

Ni siquiera dispersar un torbellino de voces
en miles y cientos de tragedias mudas
que algún día hablarán

Resulta intolerable aceptar
que se empuje a la sociedad a la desbandada

para que ella misma se despedace y se pisotee a su paso
con sus propios pies.

viernes, 23 de marzo de 2012

Al otro lado del espejo: Voyager, Marc Angelet. TNC, marzo de 2012

Sonda Voyager
A decir verdad, las historias interestelares no me apasionan a excepción, claro está, de 2001, Alphaville, Blade Runner, Mars Attacks!, La guerra de las galaxias, Expediente X, Star trek... y otras... como a muchos. Pero da la casualidad de que por diversos motivos me he detenido en una de esas historias, y al final, como siempre, suele haber más miga en las cosas de lo que uno piensa. Un amigo me invita a que reflexione sobre ella, otros amigos se suman y creen que merece la pena, aparece una obra de teatro relacionada con la temática y, en medio, se da una fecha de aniversario que completa el evento: 2 de marzo de 1972.

          Este mes de marzo se cumplen 40 años del lanzamiento de la primera sonda Pioneer al espacio, una plataforma encargada de superar los confines de nuestro sistema solar. En cierto modo, ésta sería una cuestión anecdótica e intrascendente para cualquier ser terrestre de a pie, un trámite de técnicos, ingenieros y expertos, si no se tratara casualmente de la primera sonda portadora de información sobre la especie humana enviada con la intención de contactar con algún tipo de vida inteligente fuera de la Tierra. Y ello, que se sepa, no se había pensado hasta ese momento tan efusivamente, ni se había realizado antes en toda la historia del ser humano. Ninguna civilización anterior había tenido una necesidad tan grande (ni medios) para comunicar su existencia a un interlocutor ideal externo a la Tierra: tal vez porque, en su conjunto, ninguna civilización anterior se había encontrado nunca tan sola, ni en tal grado de crisis de identidad, como para hacerse un retrato y enviarlo en una botella al espacio.


        Podemos interpretar así la universalidad ingenua de esa ilusión alienígena oficial de los años setenta, así como el auge de la ciencia ficción en esa misma época, pero también podemos resaltar sus grandes diferencias con nuestro mundo actual, en el cual domina ya lo individualizado y la soledad, un mundo ajeno incluso hacia aquellos posibles interlocutores de fuera de la Tierra con los que otros anhelaban comunicarse. Nos hemos vuelto demasiado extraños, y la sensación de extrañeza y de extranjería terrestre o interestelar ha sido engullida por la industria del terror y de la sospecha: la amenaza sustituye ahora a la complejidad de las relaciones diferenciadas entre seres, tanto a la de los seres planetarios como a las del supuesto cruce interestelar, y todo un ritual de indiferencia sustituye ya a los viejos rituales festivos de felicidad colectiva y universal de los años setenta y ochenta del siglo XX.

    
      Pero si volvemos, no obstante, a aquellos tiempos de imaginario espacial, aquel mundo de los años setenta estaba necesitado todavía de un interlocutor a quien mostrarle una cara amable, tanto en casa como afuera, alguien capaz de calmar con ello la desesperación de los desastres repetidos en nuestro planeta tras la primera y la segunda guerras mundiales, el escenario nuclear de los bloques y el desastre colonial que obtuvo su manifestación ejemplar en la guerra de Vietnam, entre otros muchos escenarios y guerras modernos que, no obstante, han seguido asolando Asia, el Medio Oriente, África y otros países del mundo hasta hoy. Era venerable aquel reto de enviar una muestra de diálogo al espacio de lo posible, y de prepararlo y dirigírselo a un interlocutor familiar a los emisores, intentando evitar el colapso del desacuerdo, de las diferencias que pudieran confundir o herir al receptor, de aquello que pudiera conectar con algún tipo de diferencia que rompiera con la conexión. Un intento que, desde luego, desapareció de la faz de la Tierra y murió en la década de 1980, tanto por su irrealidad, porque era casi imposible encontrar un interlocutor isomorfo e idéntico al ser humano, como por terror a lo desconocido, porque la imagen posible de ese contacto interestelar comenzó a ser demasiado cercana a la diferencia, realmente cercana a la convivencia entre diferentes, a la superación de la extranjería galáctica, algo que, de rebote, podía abrir la puerta a la necesidad de comunicarse entre diferentes en la Tierra, a la universalidad de la extranjería terrestre.


       Era aceptable una comunicación universal e interestelar entre idénticos, pero no entre diferentes. Y, puesto que no se dio la posibilidad de una comunicación recíproca de idénticos, ni en la Tierra ni fuera de la Tierra, y nadie se dio por aludido respecto a ese aspecto de la comunicación directa ideal, intercultural o neutra, es decir, muerta ya una posible comunicación entre iguales, o entre diferentes con intenciones de entenderse, el pensamiento neoliberal invitó al mundo de la soledad, la individualidad, la sospecha y la vigilancia, a que proliferara capitaneado por la libertad de los individuos más fuertes y con menos escrúpulos. (Puesto que nuestras diferencias son incomunicables a otras diferencias, sálvese quien pueda.)


Pues bien, en medio de esta situación, encajan los intentos que hasta la década de 1980 escenificaron una imagen de la conciencia planetaria en la cual se pretendía la autoafirmación o el contacto comunicativo con el exterior, pero que al final llegaría a ser sumamente cercana a la relación propagandística o publicitaria más típica de la vida terrestre. Así, en 1977, la NASA encargó al astrónomo Carl Sagan una nueva tanda de mensajes (tras la enviada con la sonda Pioneer 10) para las nuevas plataformas que debían mostrar a las posibles culturas extraterrestres (sin duda, con el consentimiento implícito de nuestra misma sociedad planetaria, es decir, como mensaje de una sociedad que, en su calidad de emisora, era también remitente y firmante del manifiesto) una imagen de sí misma más profunda que la bidimensional: ahora en los planos fotográfico, sonoro y lingüístico: el mensaje consistiría en una muestra de cómo era la vida y la cultura en la Tierra: no sólo comunicaba que «existimos», sino «nuestras virtudes».

            Las sondas Voyager 1 y Voyager 2 llevaron al espacio un mensaje elaborado por expertos, que, en sólo dos meses, seleccionaron 118 fotografías, 90 minutos de música, saludos en 55 idiomas humanos, una muestra del lenguaje de las ballenas, un poético saludo del secretario general de la ONU y el esquema de las ondas cerebrales de una joven mujer enamorada. Este intento culminaba el llevado anteriormente a cabo por las mismas personalidades (Carl Sagan y Frank Drake) en la sonda Pioneer 10: en 1972, se dio el primer intento de mostrar una imagen de la humanidad a inteligencias no terrestres con una placa de formato bidimensional incorporada en la misma sonda, como un anuncio de valla publicitaria.

        

       Así, la sonda Pioneer 10 llevaba un mensaje destinado a las formas de vida inteligentes con las que pudiera encontrarse en su largo viaje a través de la galaxia, pero más bien indicaba solamente quién era el remitente, dónde vivía, cómo era y cuales eran las características físicas de su vida y de su medio (contenía un dibujo de un hombre y una mujer muy sesgado y precario, un mapa de nuestro sistema solar y otros símbolos que quizás podrían ayudar a las inteligencias extraterrestres a interpretar el mensaje y a entender quiénes fueron los creadores de la nave espacial y dónde residían). El mensaje de la Pioneer no era, desde luego, tan extenso y detallado como el de las Voyager 1 y 2, aunque cumplía el papel de un saludo y de un contacto con otras civilizaciones del cosmos menos cargado de información maquillada. Digamos que no estaba pensado para la estrategia y la diplomacia interestelar, para defenderse de posibles amenazas de un interlocutor poco abierto o receptivo, o poco fiable. Es posible que las autoridades planetarias repitieran en las segundas sondas la vieja escena de los conquistadores: buscar el guiño de los jefes de la tribu extranjera, no dirigirse al receptor concreto, al individuo anónimo o singular... (No puedo ni imaginarme los codazos entre jefes para camelarse al capitán del destacamento alienígena...) De todas formas, es cierto que los intentos de las Voyager incluían ya tal vez una cierta desconfianza, una reserva, un cierto alarde de caudal de conocimientos destinado a producir respeto o quizás también alerta en el receptor. Hay un paso como desde la tarjeta personal galáctica hasta el currículum y la competencia interestelar.

         En este contexto general es en el que podemos insertar la obra Voyager, de Marc Angelet, representada en el Teatro Nacional de Catalunya durante este mes de marzo. En ella destaca de manera contextualizada y documental cómo se escogieron los contenidos almacenados en los discos de información de las sondas Voyager, quiénes formaban el equipo y cuál fue el proceso de selección de la música, las fotos, los sonidos y toda la información que viaja todavía en ellas a través del espacio. La acción de la obra transcurre en una sala de la estadounidense Universidad de Cornell, donde dominan en el ambiente las dudas y las presiones que rodearon las reuniones coordinadas por el astrónomo Carl Sagan. Se trataba de definir qué es la Tierra, qué somos nosotros, qué se podría mostrar del mundo y qué se debía esconder de él, qué se quería y qué se debía contar, qué era imprescindible y que no... Una reunión que terminó decantándose en cómo influyen las circunstancias personales y sociales en la forma de ver la realidad, y cómo influyen en quien selecciona cualquier material comunicable.



Dice el director de la obra que el 80 % de lo que se cuenta en Voyager es verdad, pero la obra también tiene un cierto aire de ciencia ficción que juega con otro hecho real de la misma época: la recepción por parte del Instituto SETI, dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, de una señal («WOW») no identificada, cuyo origen sigue siendo todavía un misterio. No sin dudas y presiones, Carl Sagan y los expertos de la Universidad Cornell tuvieron que enfrentarse, en definitiva, a problemas tan relevantes como el de saber en qué puede consistir «la construcción de un mensaje»: cuáles son las dimensiones relevantes en la comunicación, qué tipo de lenguaje es el fundamental, cuál y cuánta es su capacidad estética, qué espacio debe ocupar la parte informativa y qué espacio el resto... E, inmediatamente también, a la pregunta de si los contenidos políticos y documentales se pueden comunicar abiertamente, de si el disenso es un elemento comunicable (sin él sólo se da en el mensaje una nota general, una perspectiva en definitiva parcial y sesgada de los elementos…). La obra de Angelet muestra, además, cómo a veces se necesita comunicar mal, omitir voluntariamente la información, y no sólo por las limitaciones de nuestro lenguaje. La comunicación es una estrategia, que banaliza para seducir, que invalida información para no tener problemas. La comunicación se plantea la posibilidad y la duda de hasta qué punto cualquier elemento escogido mostraría una diferencia con los interlocutores y hasta una posible agresividad entre ellos.

       
          La obra Voyager pone de manifiesto, a través de la fórmula del teatro documental y de un ejemplo histórico bañado de elementos de ciencia espacial, thriller y ciencia ficción, la necesidad de reflexionar sobre los componentes que dan cuerpo a cualquier tipo de comunicación universal, y no sólo con respecto a la de una supuesta estructura común, válida para cualquier tipo de vida fuera de la Tierra, sino con respecto a nuestra propia civilización y a las diferencias que en ella se dan. Es necesario volver ahora al punto originario que supuso la sonda Pioneer 10, al momento en que comenzó a ponerse en cuestión la comunicación entre iguales y comenzaba a abrirse el terror a que el «otro» llamara a la puerta, tanto desde fuera de la Tierra como desde dentro de ella. El verdadero temor de las autoridades era el «otro» que comenzaba a nacer en el mundo poscolonial de los años setenta, cuya proyección estelar cobró la figura del alienígena. Reflexionar sobre la comunicación tiene sentido hoy no sólo con respecto a algunas inteligencias externas que puedan recibir nuestra imagen y ayudarnos a sanar nuestra autoestima, sino con respecto a las propias personas que nos rodean en nuestras ciudades y en nuestros recíprocos países de interrelación. Con los extraños es con los que podemos mostrarnos hoy, y con los que podemos hacer que nos muestren los aspectos que los caracterizan, superar el terror que nos ofrecen.
         Al margen de si existe vida inteligente fuera de la Tierra, y de si nuestros mensajes podrían ser recibidos y transcritos por unos receptores de fuera de la Tierra, hemos de decir que quienes más probabilidades y urgencia tenemos de encontrar a las sondas Voyager… somos nosotros mismos. Es posible que la tecnología del futuro permita a los seres humanos alcanzar de nuevo las alejadas sondas, que serán extrañas para la civilización contemporánea que las recupere, pero, en ese caso, quedarán simplemente convertidas en cápsulas del tiempo del año 1977, sordas para el espacio, pendientes de resolver su interpretación (como la señal «WOW»). Tenemos un grave problema de oídos y un concepto monolítico de la comunicación. Por eso, el recuerdo (la sonda más vieja de todos los tiempos) nos llega ahora, después de 40 años, y nos plantea la necesidad de un nuevo modo de ver cómo somos, qué queremos y qué podemos comunicarle al otro que vive al otro lado del espejo: un otro que está en la habitación de al lado. El modelo del «otro» es el que puede servir a nuestra comunicación, y el silencio del «otro extraterrestre» y de la ceremonia de confusión y de miedo de nuestro planeta nos llevan de nuevo al centro de nuestro mundo, al diálogo con el silencio del otro diferente, el de la mismísima superficie terrestre.

Más información sobre la obra Voyager y trailer de la representación: http://www.tnc.cat/es/voyager/

Muestras de fotos realizadas por las sondas Voyager y de algunas músicas que viajan en ellas: http://euterpesspiritus.net/?p=372

viernes, 27 de enero de 2012

La pintura de los nombres propios

Etcéteras. Alfons Freire, Galería Sargadelos, enero-marzo, 2012

El azar y la necesidad
                                              
Dicen que la filosofía está socialmente muerta desde hace algunas décadas. Y puede que sea así, a excepción de algunas erupciones esporádicas que consiguen sacar durante unos meses la cabeza, para quedar colapsadas en un segundo y último extremo en forma de extravagancia, reducidas a la incomprensión de lo poco riguroso, o acusadas por los expertos más prácticos e integrados de ser el remake de una nostálgica y disfrazada superioridad, o condenadas por muchos otros a una indiferencia hacia aquellos que molestan con pensamientos complicados, anticuados y faltos de la practicidad y de la rapidez que «se necesitan» en nuestros tiempos digitales descompuestos. La actualidad parece haber engullido el ritmo sosegado y atento a los oídos del pensamiento y de la cultura, y no sólo de los clásicos, que sin duda sólo podrían leerse a la luz de nuestro presente, sino de esos muchos otros pensadores contemporáneos que intentan explicar con grandes dificultades teóricas nuestro presente, actualizando nuestro pasado y enfrentándose con el presente y con el porvenir. (Tal vez ahí todos nos tragamos la coartada de «una» postmodernidad distorsionada, superficial y oportunista, aquella que cargaba contra toda la historia del pensamiento por no saber distinguir en ella la china que tenía clavada en su zapato, y que en el mismo viaje ofrecía ventajas a la actualidad para cargarse todo cuanto le molestara, incluido aquello que podía rescatarse del mismísimo presente, aquello que parecía interesado en el desarrollo y en el porvenir de la sociedad. Hoy ya sabemos que los postmodernos críticos con la postmodernidad caducan todavía más, incluso antes de poder presentar sus propuestas.) El resultado es evidente: grandes conjuntos de ideas ocupadas con interés en nuestro tiempo son sustituidos por su incomodidad, archivados en el apartado de «Obsoletos».

Noites en branco coma sabas


      Del mismo modo, del arte se dicen muchas cosas: que está muerto (los puristas), que es nuestro (los diseñadores, los publicistas, los productores audiovisuales y los cantantes, hasta los deportistas y los políticos), y también (según los más sensatos, dedicados, tenaces y obstinados artistas) que vive por su acción, por su actividad o por su apuesta por la invisibilidad militante, en un terreno que intenta escaparse del juego espectacular de nuestra época. Sin embargo, en su preeminencia representativa o en su hermética ambigüedad escondida, resiste con dificultades ese mismo juego de la actualidad que padece la filosofía. Aunque, en cierto modo, el arte sea tolerado por nuestra actualidad en sus diferentes formas por su capacidad de juego, consuelo y esperanza, y porque se convierte fácilmente en un útil objeto que «de mano en mano va». No obstante, no, no piense el lector que mi objetivo subterráneo es desvalorar al arte e introducir el pensamiento y la filosofía en él, como se ha hecho tantas veces: en ese caso, el remedio sería peor que la enfermedad, tanto para la filosofía como para el arte. Sólo creo que el arte y la filosofía (y el pensamiento) tienen un problema en común. Y no creo que ni el arte ni la filosofía estén muertos.

Revisando os danos


    En estas tribulaciones me encuentro cuando me topo con una obra pictórica que me introduce de golpe en la fisura entre estos dos macizos de la miseria del raciocinio contemporáneo. La primera impresión de Etcéteras, título de esta muestra, me conduce desde su título a un punto de atracción: lo repetido, la serie que se extiende ya sea en una obra, en los escenarios de las telas, en los personajes que aparecen entretejidos entre sus cajas, en sus frutas, sus pescados, sus juguetes, sus caramelos masticables, sus chicles y sus objetos revueltos, emergiendo a medias en torno a una marejada de complejidad, similar tal vez a la del mundo que se nos impone hoy. Sus repetidos personajes, a veces incluso doblados o triplicados, otras casi sincopados, parecen esmerarse en el esfuerzo de salir a flote, de navegar, de flotar sobre la superficie de un mar lleno de objetos más parecido al resultante de un naufragio reciente que al más limpio de un océano en calma o incluso al de unas aguas agitadas geométrica y tendencialmente por las tormentas.

Detente a miña beira

    Sin embargo, estos elementos seriales no han quedado a la deriva, suspendidos en la consecuencia de una foto fija, sino que continúan flotando en un mar que los conduce de modo continuo sin agarraderas ni sujeciones,  en volandas, aportando una cómoda inercia totalmente acorde con los tiempos en que vivimos, una cómoda superficialidad. Algo que el artista se encarga de bañar de sonrisas entre angelicales y afiladas, entre perdidas y boquiabiertas, cruzadas por gestos corporales ocupados en tareas que parecen muy bien los «trabajos de los días», pero que terminan por ser los «juegos de un presente que queda pendiente de resolver», en un inevitable desorden a partir del cual se debe irremisiblemente partir en una deriva honorable. Y sin dejar de sonreír o de mostrar una segura placidez.

Nicolas traduce a Bourriaud


    Pero debemos volver a la filosofía. No son tantos los nombres propios que han aparecido en el interior de una tela, al menos fuera de retratos que los caracterizaran o ejemplificaran como tipos de una época o como modelos de un relato más o menos universal. Y son todavía menos los filósofos o los literatos que han ocupado el lienzo, el busto o el espacio de una obra de arte. Pero sobre todo son casi únicos los que salen ocupados en tareas que remitan a su pensamiento propio o al diálogo con otros pensamientos. Y no existían, y ahí me surge la pregunta, los que descienden al nivel de lo cotidiano o a la palestra de las tareas más corpóreas y diarias para ocuparse de un presente de la vida que se nos escapa, prácticamente en mangas de camisa, enzarzados en juegos muy primarios que parecen remitir, con toscas herramientas y toscos gestos, a la ocupación de un tiempo que parece estar dormido. No sé si es casualidad, o no, que algunos de los nombres propios que se han metido en los cuadros de Etcéteras sean filósofos cercanos en su trabajo y su pensamiento a la sociedad más de a pie, al juego de la comunicación y de la vida más a ras de calle. Pueden ser imaginaciones mías, de cualquiera que vea los lienzos o incluso del propio artista en un ánimo (que casi seguro negaría) de trazar una línea hipotética de fuga entre la representación y el mundo de la actualidad que inevitablemente se nos impone, un pasillo que atraiga en un pliegue, al interior del cuadro, la superficialidad de lo que nos rodea.

El último sugus (Zizek 01)

    No sé cómo han entrado en sus cuadros esos nombres propios, aunque su serialidad y sus caras me suenan y no puedo dejar de reconocerlos en la actualidad que afuera engulle a sus dobles de carne y hueso, en el meollo de la discusión banal de nuestro tiempo. Pero eso me hace pensar ahora que tampoco sé cómo hacer salir a los personajes comunes que también comparten exposición con todos los nombres propios: no es menos difícil saber cómo encontrar nombres propios (de a pie) que no sean engullidos por cualquiera de las actualidades que se nos escapan. La tarea (en común, no común) consiste en descifrar este enigma: seguir la repetición y la deriva para responder al interrogante de la vida cotidiana y a la singularidad de los nombres propios.

    A lo largo de las próximas semanas puede visitarse en la galería Sargadelos de Barcelona una exposición individual de Alfons Freire, artista del que hemos hablado ya en alguna ocasión en este blog («Alfons Freire. Los embalajes gastados») y amigo de la filosofía y de las imágenes.

Chandelle 01

Galería Sargadelos
Dirección: Provença, 276. 08008 Barcelona
Correo: galeriabarcelona@sargadelos.com

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jueves, 15 de diciembre de 2011

La risa (II). La risa de la hiena. Rafael Argullol, Jordi Abelló, Albert Mercadé


Ayer, algunos miembros del Gep21 presentamos en la Fundació Arranz-Bravo del Hospitalet La risa de la hiena, edición de libro de artista que presenta una propuesta transversal entre el pensamiento y el arte, algo no demasiado habitual en los circuitos y en las propuestas artísticas actuales, y que efectivamente se echa de menos a pesar de ser una fórmula valiosísima para el enriquecimiento de la creación y para la difusión creativa de la actividad artística. En esta obra han colaborado Rafael Argullol, con un texto de su último libro; el artista Jordi Abelló, con sus dibujos, y el crítico Albert Mercadé, en la coordinación del libro.



         La jornada fue muy agradable, e interesante el intercambio de lecturas al hilo del tema de la risa, que hemos estado trabajando durante las últimas semanas. 

         No obstante, me resultó especialmente revelador el diálogo con el artista sobre su visión del arte, el retrato, la expresión, el magnetismo de los rostros... Tanto que espero poder dedicarle algo más de tiempo en este blog a su obra y a los temas de los que se ocupa. Como anticipo, tenemos ya en este momento una muestra que Abelló presenta simultáneamente en la Fundació A-B: la exposición Trilogia del crim, obra serial de pintura en tres actos: Crim, Carrer, Interiors, que os invito a visitar.


        De todas maneras, os dejo unos enlaces a los textos que hemos preparado para la presentación y otras informaciones relativas al acto.

Materiales
http://fundacioarranzbravo.wordpress.com/2011/12/14/sobre-las-carcajadas-oscuras-por-tomas-caballero-text-a-proposit-de-la-publicacio-del-llibre-la-risa-de-la-hiena-de-rafael-argullol-jordi-abello-albert-mercade/

http://www.kulone.com/ES/Event/2814449-Inauguració-de-l'exposició-de-JORDI-ABELLÓ-Triologia-del-Crim

viernes, 25 de noviembre de 2011

La risa (I). Bergson: el círculo de la comedia, el hilo de la tragedia



     En su ensayo de 1899, Le rire (La risa), Bergson ofrece una distinción entre dos importantes géneros dramáticos: la tragedia y la comedia, una diferencia en la cual, no obstante, deja abiertos ciertos hilos que ponen en comunicación y en relación algunas particularidades de ambos. La suya es una delimitación que resulta de gran importancia para los tiempos en que vivimos, marcados por ritmos que oscilan entre un lado y otro de esa estructura, y donde a diario nos exponemos a experimentar las tragedias más apocalípticas o a introducirnos en cualquiera de las nuevas comedias de masas, y donde a la hora tanto de vivir como de experimentar hechos culturales, realizamos elecciones vitales que parecen llevarnos en una o en otra dirección. Todo ello ha sido posible probablemente por la generalización de las pantallas cinematográficas, la mundialización de la televisión y la generalización de los grandes espectáculos de masas, entre ellos los deportivos (aunque ése sea otro tema que deberá tratarse en otro momento, igual que su correspondiente análisis en relación con los nuevos medios de comunicación digitales).   



    En la definición de Bergson, los géneros del drama y la comedia aparecen relacionados con la vida, aunque uno lo hace con la continuidad, la identificación y el sentimiento hacia los otros, en lo que llama «emoción» y «piedad» (en el caso de la tragedia), y el otro se lanza a la discontinuidad, la distracción y la separación del mundo (la comedia). Uno parece profundo; el otro, gaseoso, líquido, y sobre todo circular, repetitivo. Así, según la tragedia, la seriedad de la vida surge de nuestra capacidad de libertad, de afrontar la existencia conectando con las situaciones, con sus dramas y particularidades, buscando cumplir nuestro destino. Por su parte, la comedia se dedica a mostrar la debilidad y los límites de esa libertad, cubierta por hilos como de marioneta, en la cual no nos queda más que sortear de manera evasiva la trampa de la sorpresa y las dificultades que se nos presentan al afrontar nuestro destino individual. Respecto a esta dualidad, y al hilo del ensayo de La risa, veamos cómo son sus correspondientes y contradictorias relaciones, tanto en la vida como en el arte.


      La idea central de La risa conecta con la división canónica clásica entre comedia y tragedia, aunque de una manera sustancialmente distinta y atribuyendo concesiones a la comedia que sólo podrían darse en un pensador relativamente abierto a lo moderno y situado entre los siglos XIX y XX. En efecto, para Bergson, lo cómico tiene algo de estético, surge, como el arte, en el momento en que la sociedad no piensa sólo en su mera conservación (algunos pensadores defienden que el origen biológico de la risa pudo estar en la expresión de alivio tras sufrir algún peligro, en cuanto acto de ceremonia grupal). Sin embargo, aunque las situaciones no causen risa si no somos capaces de ver en ellas un espectáculo, lo cómico no pertenece del todo al arte, ni es un «placer puro […] exclusivamente estético, absolutamente desinteresado. Lleva consigo una segunda intención que la sociedad tiene para con nosotros, si es que no la tenemos nosotros mismos». En un primer momento, la risa se instala en un centro temático desde el cual alcanza a ver el horizonte y los límites de lo trágico, en el cual comparte también categorías artísticas y desde el cual puede interactuar con ellas, pero asimismo resulta finalmente posible sólo gracias a una accidentada sociología de lo humorístico: establece un puente entre la tragedia y la comedia, para después dinamitarlo. Enfría el drama y, en lugar de generar un circuito de autocrítica común que se retroalimente entre ellas, pulveriza finalmente los sentimientos.


    La risa parte de unos momentos de sensibilidad comunes con la tragedia (la inteligencia debe quedar en contacto con otras inteligencias, necesita de un eco que quiere prolongarse, repetirse gradualmente en el otro, servir de ejemplo), pero al final resulta una forma ideal de evadir la amenazante implicación con los otros, se vuelve indiferente a la escena. En Bergson, desde luego, es recurrente la identificación de la risa con un tipo de función artística imprescindible: lo cómico «se dirige a la inteligencia pura y simple», pero también exige algo así como una «anestesia del corazón»: le atribuye una conexión con la insensibilidad del público para, finalmente, en el «grupo», hacer de la risa una forma de recriminación del risible, de aquello de lo que nos reímos. El fin de la carcajada no es que quien tropieza y cae elija un sendero nuevo, tragicómico en último extremo, sino que se prive de salir del sendero que el grupo le marca; en ese sentido, la risa es una amenaza.


    ¿Qué nos produce entonces la risa? Aquello que no acaba de estar en sintonía con el presente y que se queda atrás en el pasado, el distraído, el inconsciente, el autómata, la disposición de cualquier persona a ser imitada. ¿Y qué la hace estallar en carcajada? Su capacidad de humillar, de advertir de una falta y de dar cohesión a un grupo con relación a sus miembros y con relación a los que están fuera de él. Para Bergson, lo cómico requiere para despertarse de una cierta conexión simpática con el objeto de la risa (éste es uno de los fundamentos del surrealismo), pero también de un cierto adormecimiento de la sensibilidad que cumpla la función social que le caracteriza. Podemos hallar aquí, en la vulgarización de la comedia moderna, el germen de la distracción contemporánea de masas, sobre todo como género aglutinante y evasivo de otros géneros. Hemos de decir, en su defensa, que el drama, por su parte, tanto como el surrealismo, reclaman una actitud sobre todo personal, y no una acción grupal masiva. El personaje digno de compasión es integrado en un proceso individual heroico, solitario pero solidario. De una manera muy básica, podríamos diferenciar entre el sentido del humor, el reírse de uno mismo, y la carcajada, el reírse de otro que caracteriza al grupo. 

    En este punto sería conveniente hablar de la visión del arte de Bergson, y cómo se instalan estos dos géneros dramáticos en su centro. En su ensayo, señala que «el arte no tiene más objeto que apartar los símbolos útiles desde el punto de vista práctico, las generalidades aceptadas convencional y socialmente, todo lo que en suma, nos oculta la realidad, para ponernos frente a la realidad misma. […] El arte no es seguramente más que una visión más directa de la realidad». De modo que es en ese centro donde se instalan la risa y el drama: donde ambos tienen cabida, y cada uno de ellos tiene su velo. Para Bergson, distinguir estos dos velos es «la parte más importante de nuestra tarea».

    Así, en el drama, el poeta trágico abre el arte sin llamar la atención sobre la materialidad de sus héroes, «hay estados del espíritu que nos conmueven en cuanto los conocemos, y eso impide su comicidad». Allí se expone un estado del alma que se encamina poco a poco a que lo tomemos en serio, un sentimiento que permite a la emoción comunicarse con el resto de la psiquis, una persona entera que actúa, un paso gradual entre el sentimiento y la acción, un deslizamiento a lo largo del hilo que va del sentimiento al acto. El arte dramático nos pone frente a la realidad misma: busca y consigue poner a la luz una realidad profunda que las necesidades de la vida nos ocultan, a menudo en nuestro propio interés (las explosiones de sentimientos violentos podrían ser habituales, pero es útil que se eviten, y el drama nos proporciona el placer de soñar con esas explosiones bruscas sin sus consecuencias, encontrar de nuevo su parte más íntima). Tanto si debilita la sociedad como si refuerza la naturaleza, persigue el mismo objeto: descubrirnos una parte oculta de nosotros mismos. Nos interesa lo que se nos ha hecho entrever de nosotros mismos, las cosas nuestras que habrían podido ser y no fueron. Se nos impone como digno de imitación; la obra nos sirve de lección.

   
    Pero el exceso de drama, y ahí el guiño de Bergson a la modernidad, es la búsqueda de un fondo que no termina de encontrarse; el destino que los románticos buscaban en el ser humano termina por convertirse en objeto de parodia. El fondo se abre momentáneamente por medio de la risa, pero de otro modo: lo cómico expresa ante todo «una determinada inadaptación particular de la persona a la sociedad», señala la locura que se puede corregir, la que es producto del ensueño, el absurdo cómico, la quimera del Quijote. En el ensueño, el espíritu, enamorado de sí mismo, sólo busca un pretexto para materializar sus imaginaciones; no recuerda para interpretar lo que perciben sus sentidos, percibe para dar cuerpo al recuerdo por él preferido. Por ello, las ilusiones de la vanidad y el ridículo se sitúan en el centro de la risa, y ésta cumple la función de hacer que el distraído y su público adquieran conciencia de sí mismos. La comedia, así, brota de resaltar parecidos, de ofrecer tipos, de alcanzar el exterior de las personas, de mostrar aquello por lo que muchos se ponen en contacto y llegan a parecerse. La individualidad del héroe trágico, única en su género, pasa así de lo trágico a lo cómico cuando se aisla el sentimiento y se impide a la emoción comunicarse con el resto del alma (la avaricia en Molière), cuando se evita un estado del alma que reclama que lo tomemos en serio, que no pide fin alguno, ni provecho.  


    Y éste es justo el punto en que comienza también el exceso de comedia, el punto en que se mantiene sistemáticamente la indiferencia. Comenzamos por invitar a lo que nos divierte a divertirse con nosotros, lo tratamos como amigo; el risueño posee una apariencia de bondad. Hay un momento de distensión, un juego de ideas. Nuestro primer impulso es asociarnos a ese juego, descansar de la fatiga de pensar. Recibimos la deformación como una caricatura de nosotros mismos: el cómico nos hace reír porque nos permite una proyección y una descarga de la tensión ante lo que nos representa. Pero sólo descansamos un instante. La simpatía que hay en la impresión de lo cómico es fugaz: la risa se vuelve de espaldas al arte, no rompe con la sociedad y retorna a la simple naturaleza. Quien ríe «entra enseguida en sí mismo, se afirma a sí mismo con más o menos orgullo y tendería a considerar la persona del otro como una marioneta cuyos hilos tiene en sus manos». El cómico nunca busca su propio ridículo, sino que adormece nuestra sensibilidad con ensueños, poniendo de manifiesto el ensueño de sus personajes. Corta nuestra simpatía en el momento de manifestarse, evita que la situación se tome en serio. «La sociedad responde a las impertinencias con la risa, que es a su vez una impertinencia todavía mayor»: la risa no es benévola, devuelve mal con más mal. La sociedad se venga de las libertades que se han tomado con ella, aunque a menudo «castigue los excesos azotando a los inocentes y dejando impunes a los culpables, sin poder hacerle a cada caso el particular honor de examinarlo por separado».

   
   En esa presunción de la carcajada de masas, pervive todavía uno de los males del siglo XX, algo que ni las «nuevas» relaciones sociales, ni las «nuevas» propuestas culturales, ni siquiera las posibilidades tecnológicas que se nos abren hoy, parecen querer o poder impedir. Basta con salir a la calle: las carcajadas urbanas, tanto como las carcajadas rurales, son cada vez más sonoras y ridículas, son como risotadas bufonescas que contrastan con el silencio trágico, tanto de los excluidos de la vida social, sometidos a una tragedia involuntaria y sin posible redención ni catarsis, como de todos aquellos que soñaron en algún momento con apropiarse de su vida y pasar por la lucha y el conflicto de la continuidad. Se echa cada vez más de menos cualquier tipo de impulso de libertad compartida con los otros, trágico, como no podría ser menos, tanto como de autocrítica, cómica, por supuesto, con capacidad de reírse de uno mismo y de utilizar el sentido del humor para conectar con optimismo con los demás.

Referencias de lectura

Henri Bergson, La risa, Madrid, Alianza Editorial, 2008.
Fotografías de Tomás Caballero


lunes, 31 de octubre de 2011

La diferencia que nos une (álbum en Flickr)

MúsicaBerlín 2007. Perspectiva de salidacontemplacióndevenir

La diferencia que nos une, un álbum en Flickr.
Claro que hay algo que nos une, que más bien nos conecta, en una relación dinámica, permanente, que no puede consolidarse porque si lo hiciera dejaría de estar comunicada. Nos une la sensación solidaria de nuestras diferencias, la sensación de que nuestra falta puede ser entendida, comprendida y apoyada por alguien que está fuera, al tiempo que correspondida por nuestro apoyo, comprensión y entendimiento de la falta que llena a nuestro diferente complementario: ése es el lazo potencial que nos une, la capacidad de encontrarnos, la posibilidad de un espacio abierto que haga de intermediario.

domingo, 23 de octubre de 2011

Llegará el otoño

              
Juan Carlos Estudillo
















Aprovecho una curiosa coincidencia con una pieza de mi amigo Juan Carlos Estudillo, y a cambio le ofrezco un poema semiabandonado entre mis papeles, para que lo combine con su trabajo. Su rizoma me convence. Espero que sepa disculparme por este atropello de espigador de la memoria aficionado. Aprovecho para agradecerle sus últimas iniciativas y para romper con todos vosotros mi silencio de meses en el blog.

Otro día podré observar
(sin equivocarme)
las rosas
abrir sus labios sin prisa.
Escucharé el tranquilo silencio                           
de unas ventanas sin límite.
Otro día será:
veré el sueño diluido                      
al amanecer el balcón helado.     
Alcanzaré la suavidad
de unos rayos
de sol.
Y unas voces en el patio.
(Cualquier día llegará la primavera
y pasearé por el parque,                                       
las hojas de mis libros se colgarán de los árboles.)
Otro día será,                            
las calles levantarán sobre mí 
ese vapor helado                        
en que todo sucede despacio,                         
soñarán mis manos muertas      
con el camino mágico,                                      
caerán las hojas de los árboles, 
al suelo,                                      
y sobre ellas escribirá dulce el tiempo.